HISTORIAS DESTINAT
La galleta de jengibre busca casa

La galleta de jengibre más pequeña había desaparecido de la bandeja.
No habría tenido nada de raro si no fuera por el rastro de glaseado sobre la mesa y los golpecitos detrás del azucarero.
Nubo dejó el rodillo.
—¿Nuestras galletas saben andar?
Orumi miró debajo de la mesa.
—Esta mañana no sabían.
Fira levantó el azucarero. Un hombrecito de jengibre arrastraba un trozo de cinta por la mesa. Detrás se deslizaba media cáscara de nuez con dos pasas y una miguita de canela.
—¿Adónde vas? —preguntó.
—Busco una casa. A ser posible con vistas al árbol de Navidad.
Orumi se sentó en el suelo para verlo mejor. Antes, al decorar las galletas, había imaginado a aquel pequeñín estirándose después de descansar tanto tiempo en la bandeja. Lo imaginó con tanta claridad que el mundo, al parecer, decidió probarlo.
—¿Ya has encontrado una dirección? —preguntó.
El hombrecito señaló una taza grande puesta boca abajo en el alféizar.
—Allí. Solo que no he encontrado la entrada.
Nubo levantó la taza. El hombrecito entró debajo, dio unos pasos y salió enseguida.
—Oscuro.
Nubo puso la taza de lado.
—Ahora tienes puerta.
La taza rodó hasta la harina. El hombrecito logró apartarse de un salto, pero las cosas de su cáscara desaparecieron bajo una nube de polvo blanco.
—Y ahí tienes tu jardín de invierno —observó Orumi.
Fira quitó la harina de encima al pequeño buscador de casas.
—Espera. ¿Dónde te gustaría vivir de verdad?
El hombrecito lo pensó un rato.
—Cerca de vosotros. Pero en un sitio mío. Con espacio para una mesa.
Fira movió las macetas vacías del alféizar y encontró un hueco junto al árbol. De un cajón sacó una taza de té ancha que nadie usaba. Tenía el borde desportillado, pero aún olía a té y naranjas.
Nubo examinó su lado redondeado.
—Va a rodar.
Hizo unos soportes con dos trozos de corcho y un umbral bajo con una tablita. Lo ajustó todo con tanto cuidado que la taza no se movió ni cuando Orumi golpeó sin querer el alféizar con el codo.
Orumi pensó en una luz diminuta. Una lámpara del tamaño de un guisante apareció bajo el techo curvo de la taza. Luego empezó a recortar cortinas de papel. La primera era más grande que toda la casa. La segunda servía para una ventana que aún no existía.
—Podemos colgarla junto a la puerta —decidió el hombrecito—. Así tendré una cortina con grandes vistas.
Fira forró el interior con un pétalo seco y trajo un cuenco hecho con una cúpula de bellota. Nubo hizo una mesa con un botón sobre un carrete corto de hilo y la colocó junto al cuenco. Mientras trabajaba, miraba dentro para comprobar que el pequeño vecino tendría sitio para moverse.
—Dejad un huequito junto a la puerta —pidió el hombrecito—. Para las visitas.
Al llegar Nochebuena, los tres amigos se sentaron a su mesa. En el alféizar brillaba una lamparita en la puerta de la taza. De dentro llegaba el golpeteo de una cucharita contra un botón.
—¡Pasad, pasad! —llamó el hombrecito.
Nubo se arrodilló primero. Fira bajó su corona de pétalos y Orumi se tumbó boca abajo para mirar dentro. En la mesa esperaban tres trocitos de piel de naranja.
—Para vosotros —dijo su anfitrión—. Los he preparado yo.
La estrella más pequeña de la cara de Nubo brilló con fuerza.
—Muy espacioso.
—Lo sé —respondió el hombrecito—. Y mañana pongo un jardín.
Orumi miró el resto del alféizar.
—¿De qué tamaño?
El hombrecito se puso una mano en la frente y miró hacia la maceta.
—Hasta esa montaña, para empezar.
Estaba señalando una mandarina.